Archive for the 'Varios' Category

Jan 27 2010

Judas, el ahorcado del peñasco

Published by Isa under Varios

Hace muchos años en el camino viejo que va de La Concha a Masaya venían unos músicos de tocar en la procesión del Santo Entierro, un Viernes Santo; se dirigían en carreta a medianoche y al pasar por un peñasco grande que estaba en el camino divisaron un hombre colgado de un árbol con la vestimenta del tiempo de los romanos y judíos, y les llamó mucho la atención que el hombre forcejaba con su cuerpo, se meneaba y se quejaba colgado del cuello como si se estuviera ahorcando; decidieron ir a salvarlo y cuando subieron al gran peñasco el hombre y el árbol ya no estaban ahí, exclamando todos con miedo ese hombre que vimos colgando era Judas, el que vendió a Jesús.

Fragmento tomado de Anécdotas de Semana Santa en Masaya, escrito por Bayardo Ortiz Pérez, maestro folclorólogo/END

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Jan 20 2010

Recuerdos de mi niñez

Escrito por Luis José Castro Jerez

19  de enero, 2010

Santo Domingo, R.D.

criarme en un campo rodeado solamente de pocas personas y apenas unos cuantos animales domésticos adquirí un vocabulario muy limitado. Para comunicarme con mi mundo infantil casi no necesitaba de las palabras; me bastaba solamente el uso de mis sentidos para ponerme en contacto con el mundo exterior. Aprendí a escuchar al viento cuando roza las copas de los árboles y a descifrar en su sonido la proximidad de la lluvia y la tranquilidad del atardecer.

Me acostumbré al olor de la tierra cuando la humedece la lluvia, al brote verde brillante de la hierba y al agradable olor de la albahaca silvestre, al olor de la leche recién ordeñada, al crepitar angustioso de la leña que arde, al agradable incienso del humo proveniente del estiércol del ganado que se utilizaba para espantar los zancudos, al olor que produce la fricción de las piedras al chocar, al olor y la textura del huevo recién puesto por la gallina.

Aprendí a reconocer los diversos sonidos y olores de la mañana, del mediodía, la tarde, el anochecer y la noche: el canto del gallo por la madrugada, el mugido de las vacas por la mañana al momento del ordeño, la algarabía de los chocoyos y las chachalacas al atardecer, y la sinfonía transilvana de los pocoyos al caer la oscuridad de la noche.

Aprendí muy pronto en mi niñez a diferenciar el sabor de la sal de los toques ácidos del jocote de venado y del chocomico; el sabor dulcete de los papaturros, el tigüilote, el tapaculos y los muñequitos, del dulce sabor a virgen núbil de la roja pitahaya; y a distinguir entre los sabores balsámicos de la cañafístola y el carao, del sabor dulcete y seco del “siempre hediondo a pata de yanke”, pero delicioso y nutritivo guapinol (el SUSTAGEN natural que Papá Dios nos regaló a los chavalos de los montes).

Aprendí de memoria los sonidos de las aves, el olor y la textura de las plantas del bosque, y el olor a novia pura de las florecillas silvestres.

Tocaban el requinto los grillos y las chicharras la batería… Corrían los años cincuenta y era en mi Nicaragua natal…

(Escrito del Sr. Luis José Castro Jerez recopilado por Martha Isabel Arana/ 19 de enero, 2010)

Foto “El histórico Genizaro de Nagarote” tomada del blog nicaragüenses del Sr. Erwin J. Jiménez Morales.

Para leer más historias de nuestra gente, visite el blog Nicaragua de mis recuerdos: recopilaciones de memorias y vivencias


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Jan 08 2010

Historia de Pancho Madrigal

Published by Isa under Varios

Video tomado de Youtube/Historia de Pancho Madrigal

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Nov 28 2009

“Un güegüe me contó” (I Parte)

Published by Isa under Recopilaciones: Internet, Varios

Por: María López Vigil

En el principio, al comienzo de todo, Nicaragua estaba vacía. Vacía de gente, pues. Había tierra y había lagos, lagunas y rios. Y muchos ojos de agua. Pero no había ni mujeres ni hombres para mirarlos. Las mojarras y los guapotes, también los cangrejos, eran dueños de las aguas y vivían en ellas y hacían en ellas lo que les salía…
También estaban los cenzontles y los colibríes volando alrededor de las flores y los zanates instalados en los árboles. Y estaban los árboles: el jocote, el granadillo, el jícaro, el malinche, el chilamate, el cedro real y un poco de árboles más. Los perros zompopos corrían entre las piedras y los garrobos salían a tomar el sol sin que nadie los molestara. Coyotes, conejos, leones y dantos andaban de vagos por el monte y se hartaban tranquilos.
Ya estaban los volcanes cocinando lava y botando humo, pero todavía no había nadie en Nicaragua. Nuestra tierra estaba vacía. Vacía de gente, pues.

En el principio, al comienzo de todo, dicen que ya estaban los dioses. Los dioses vivían allá, por donde sale el sol. Nadien se asomó nunca por el rumbo de los dioses. El dios Tamagostat era varón y guardaba la luz del día. De sus manos venías todas las cosas buenas y también todas las cosas buenísimas. La diosa Cipaltonal era mujercita y guardaba la noche. O más que todo: guardaba el momento de la noche en que llega la luz y empieza a ser de día. Era la guardiana de la aurora. Cipaltonal era linda, tenía la cara pintada con los colores del amanecer.

Tamagostart se enamoró de ella, se volvío dundito por ella.
Para encontrarla recorrió el cielo a toda hora. Pero no la halló.
Tanto y tanto caminó Tamagostat que todas las nubes se dieron cuenta de que era un dios enamorado. Un día, una de ellas se apiadó de él y le reveló el secreto:
- Mirá, hombre, a la linda Cipaltonal sólo podrás hallarla si te alistás para cuando el sol abra su ojo y deje escapar su primer rayo de luz. Sólo entonces.
Tamagostat hizo posta en las misma nalgas del sol, se desveló, estuvo de vigilancia, hasta que un día, por fin, cuando el sol abría su ojo izquierdo, logró mirar a su amor  y su amor lo miró a él.
- ¡¿Ideay?!
- Cipaltonal, te quiero tanto, tanto, tanto…
Entonces, la cara pintada de amanecer de Ciapltonal se puso roja, roja, roja.
Estaba más linda que nunca. Tan linda que Tamagostat dio un brinco por encima del primer rayo de luz y la besó en la boca.
- ¡Jodidoooo! -se oyó gritar al sol-. Así fue. Aquel día el amanecer no fue igual al de otras mañanas. Tuvo tres mil colores nuevos. Colores tan bonitos como nunca se había visto antes y como nunca más se volverán a ver. De aquel beso de nuestro padres nacimos todos nosotros los nicaragüenses.

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Nov 28 2009

“Un güegüe me contó” (II Parte)

Published by Isa under Recopilaciones: Internet, Varios

Por: María López Vigil

(Continuación)

Un poquito después del principio empezaron a llegar hombres, mujeres y chavalos. Por aquellos tiempos lejanos, que ya nadie recuerda, ni doña Tula, las tierras de América, desde más al norte de lo que hoy son los Estados Unidos hasta la mera Patagonia, al sur más al sur, estaban vacías de gente pero repletas de animales.

Nuestros abuelos abuelísimos vinieron a cazarlos. Hicieron viaje de muy largo: del Asia, de oriente, de donde nace el sol.

Un día que no está escrito en ningún calendario agarraron sus calaches y vinieron para aquí.

- Unos a la bulla y otros a la cabuya.

Legaron en molote, llenando de a poco todas las tierras de América.
También en molote llegaron hasta Nicaragua. Y al mirarla, decían los abuelos chinos:

- ¡Chocho, qué tierra más pijuda!

Se instalaron aquí. Eran tendaladas de animales las que había: bisontes,
elefantes peludos llamados mamuts ( de esos que sólo pueden mirarse en los museos ), tigres dientudos y caballos con colochos y venados y chanchos de montes…

Todos eran animales buenos para hacer carne asada.

De a poco, los abuelos chinos ya fueron teniendo la piel del color del contil.
- Ya éramos indios, pues.
Aquellos primeros nicaragüenses se fueron instalando por todas nuestras tierras.

Unos por los bosques del norte, desde Teocacinte buscando al este, otros por
las orillas del Coco buscando el Atlántico.
Unos en las montañas del centro y otros junto a los lagos.
Unos al occidente y otros al oriente.

- Cada lora a su guanacaste.

Donde más gente se arrejuntó fue a lo largo de la costa del Pacífico.
Aquellos primeros nicaragüenses no tocaban aún la marimba ni bailaban
palo de mayo, no comían ni rondón ni gallo pinto.
Eran tiempos demasiadísimo antiguos. Los nicas aquellos eran arrechos a cazar. Cazaban y pescaban. Y como sabían hacer el fuego se preparaban un almuerzo soñadito con carnita de monte o con un guapote frito. También bailaban, jugaban, reían y contaban cuentos. Eran felices y eran parejos. Porque eran parejos eran felices.
Mujeres, hombres, niños y viejitos: todos parejos.

- Es correcto: a nadie le falta nada y a nadie le sobra nada.

Pero la historia siempre tiene sus bandidencias. Cuentan que algunos de aquellos cazadores hicieron sus casas en Managua, junto al lago, y que un día, a saber por qué vaina, el abuelo Chepe-Nepej amaneció gritando:
- ¡Quiero pinol!

Para aquel entonces nuestros abuelos no conocían ni la siembra ni la tapisca.
Ni idea tenían del maiz y mucho menos sabían qué fuera el pinol.
Por cuenta fue grande el asombro por la necedad del señor,que gritaba y gritaba:
- ¡Quiero pinol!

Y dicen que tanto gritó aquel jodido que Managua entera se alborotó.
Y todo mundo se preguntaba:
- ¿Qué chunche será ese pinol?

Y era una sola infanzón por donde la casa de Chepe-Nepej, una cuadra al lago media al sur.
- ¡Quiero pinol! ¡Quiero pinoooool!!!!

Y después de una hora, de tres horas, como nadie le daba pinol, Chepe-Nepej, de malcriado, agarró una hacha de piedras bastante filudita y, zacaplás, la levantó por encima de las cabezas de todos. Al verlo así tan bravo, los managuas, y hasta los venados y los bisontes, salieron en carrera hacia el lago.

_¡Quiero pinol! -gritaba Chepe-Nepej-, ¡Quiero pinol!! -gritaban todos-. Y todos corrían.

Y cuentan algunos que aquel mentado día del pinol, el molote que se armó fue tan tremendo que el lago y los volcanes también se alborotaron. Y cuentan más: que los tres volcanes de Managua, el Asososca, el Nejapa y el Tiscapa se les removieron las tripas como que tuvieran currutaca y cocinaron ligero una lava calientísima que llevaba piedras, cenizas, fuego y toda chochada y burumbumbún, estallaron. El río de lava y la lluvia de cenizas alcanzaron a los managuas mientras unos corrían de allá para acá y otros de acá para allá.

Aquel ayote terminó ahumado: el fuego ardiente les quemó el fundillo a todos.

- ¡Por este baboso que quería beber pinol, terminamos desmambichados!

Y le echaba verbos al mañoso de Chepe-Nepej. La huellas de los que corrieron en aquel molote quedaron marcada para siempre en el lodo que vomitó el volcán por el rumbo de Acahualinca. Y hasta el día de hoy se pueden mirar.

Hay otras muchas historias sobre esas huellas.
Esta del pinol es una no más, por cuenta no la más cierta.
Dicen que sólo iban cazando un bisonte o que salieron de paseo o que hacían viaje con sus maritates o que …. A saber.

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