Archive for the 'Duendes, espantos y otros aparecidos' Category

May 20 2007

Cuentos de Ceguas

La experiencia de don Chico Mercado

“Pues resulta que eso fue un Viernes Santo como a las doce de la noche. Me fui a la orilla de la Isla Seca a comprarme una botella de guaro. Ya andaba algo sesereque y me vine para mi casa. De repente detrás de mí vi dos mujeres que me seguían y que se carcajeaban… Sentí miedo, y para disimular me detuve a encender un cigarro… Pero las risas seguían… Se me espeluznó el pelo y el pellejo se me puso como de pollo. Eran unas mujeronas altas, vestidas de negro y como encapuchadas. Había un tabaquillal, y allá por aquel palito de sauce me agarré con una de ellas. Me defendía con un machetillo que andaba, pero sentía que los golpes que daba era como que los diera con una hoja de chagüite. De repente llegó la otra mujer y me golpeó también a pescozones.

Corrí como pude y llegué a mi rancho. ‘Ve Chicó’ —me dice la mujer— ‘que andás acompañado’. ‘No’, le digo ‘Pues es que acaban de pasar dos objetos por ahí buscando para Las Pencas, iban en grandes risotadas’. Le conté mi aventura y me dijo: ‘Esas eran las ceguas’”. “Me acosté y al día siguiente que la mujer me vio me preguntó: ‘¿Bueno y esos morados?’”. “Es que me pegaron las ceguas”, le dije y me quedé echando sebo serenado por mucho tiempo. Y como les conté a varios me quedaron diciendo “El Jugado de Cegua”.

Lo que vivió Don Toñito García

“La mujer vaga que quería salir de cegua se ponía una como máscara, que podía ser un gran guacal con hoyos, el pelo era de cabuya o de burillo con colguijos de olote, usaba una gran bata como ‘La Gigantona’, pero lo que más culillo daba era un pitazo agudo que daba con un pitillo chiquito de barro. Eran mujeres que se enamoraban de los hombres, pero si ellos no les hacían caso, se juntaban, dos, tres o cuatro para asustar al desamorado. Se venían a medianoche escondidas rodeando al hombre y pitando desde la distancia. El hombre creía que era una sola mujer que podía salir desde varios lugares, a veces se volvía loco o quedaba baboso y la gente le decía “Jugado de cegua”.

Don Toñito vio una cegua….” Yo estaba cipote, tenía como ocho años. Era ya al entrar la noche en el riíto. Había luna llena, pero con bruma. Yo miraba a una mujer, como lavando, y cuando pasé cerca ella se lanzó una carcajada aguda, burlesca, como de loca. “Jaaa, jaaa, jaaa”, y a mí se me pararon los pelos, me entró repelo. La cegua se salió del agua e hizo ademán de llamarme y después de seguirme. No sé de dónde saqué fuerzas y salgo en “barajustada” hasta la casa. Nadie me creyó que había visto a la cegua. Pero ahora entiendo que no eran espíritus malos, y a lo mejor hacía cosas buenas, pues algunos bolos que las vieron dejaron el guaro. ¡Santo remedio! Otros dejaron de ser mujereros, y muchos vagos se compusieron. A lo mejor eran contratadas por las mujeres y madres de los perdularios…. La cara era como de calavera, se le miraban hundidos los ojos. En el pelo andaba una como corona de chagüite, la cosa era como la gigantona, pero la gigantona es una muñeca, y esa era una mujer. Nunca la capturaron a pesar de que asustó a muchos. Pasaba por acá, yo nací ahí. Ella pasaba por ese callejón, venía de Boaco, era una cegua boaqueña. “

Fuente: www.laprensa.com.ni

Mario Fulvio Espinosa

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May 20 2007

La costumbre de hacerse Cegua (o Segua)

Dicen en mi pueblo, que hay mujeres que tienen la costumbre de convertirse en ceguas, con la sola intención de perseguir a los hombres trasnochadores, castigarlos y dejarlos medio muertos del susto, tirados en la calle, todos “jugados de cegua” (tontos o mudos). Se comenta entre las vecinas, que estas ceguas son brujas que vomitan el alma para transformarse en mujeres jóvenes cuyas características son sus cabellos largos de cabuya, cáscaras de plátano verde en la boca y la habilidad de “trabajar en equipo” comunicándose entre ellas a través de silbidos y señas para acosar a su víctima. Pienso yo, ingeniosa idea han adoptado algunas mujeres de nuestra región para combatir a su manera ciertos males de la sociedad como el alcoholismo o la promiscuidad.

La cegua o segua (con la variante “s”) es una leyenda que compartimos los nicas con otras regiones del istmo. Por ejemplo, este blog guatemalteco cuenta, además de otras interesantes historias, esta versión muy parecida a la nuestra:

“Hay varias leyendas de la Segua. Una de ellas cuenta que es una joven muy linda, que persigue a los hombres mujeriegos para castigarlos. Se aparece de pronto en el camino pidiendo que el jinete la lleve en su caballo, pues va para el pueblo más cercano. Y dicen que ningún hombre se resiste a su ruego. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros la llevan a la polca. Para ella es lo mismo. Pero a medio camino, si va adelante vuelve la cabeza y si va atrás hace que el jinete la vuelva. Entonces aquella hermosa mujer ya no es ella. Su cara es como la calavera de un caballo, sus ojos echan fuego y enseña unos dientes muy grandes, al mismo tiempo que se sujeta como un fierro al jinete. Y el caballo, como si se diera cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco, sin que nada lo pueda detener. Otras leyendas cuentan que las Seguas son varias. Y no faltan ancianos que aseguren que cuando ellos eran jóvenes atraparon a una Segua. Pero que una vez atrapada y echa prisionera se les murió de vergüenza. Y que al día siguiente no encontraron el cadáver, sino solamente un montón de hojas de guarumo, mechas de cabuya y cáscaras de plátano.”

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May 20 2007

Los Zipes

Otro personaje conocido por los campesinos de nuestra tierra es el travieso zipe. Estos curiosos enanitos tienen la característica de tener los pies volteados, ser barrigoncitos y enamorados empedernidos de las muchachas y las mujeres hermosas de las comarcas. Dicen que circundan las milpas buscando como acercarse a éstas para robárselas y dejarlas perdidas en la selva después de haber logrado su propósito.

Comentan algunas mujeres campesinas que los zipes también se roban a los recién nacidos sin bautizar, y se los llevan para perderlos en los caminos o hacer travesuras con ellos, como cuenta Wilfredo Alvarez, en su interesante historia del origen de la Loma del Zipe en Chinandega. Dicen que los hombres gustan atrapar estos enanitos porque una vez lo consiguen, pueden hacerlos trabajar a su voluntad, para que se encarguen de los trabajos más pesados y así poder ellos descansar. Pero atrapar un zipe no es tarea fácil comentan los que lo han tratado. Son bien mañosos y bandidos. Además, una vez sirviendo al nuevo amo, éste tiene que ponerse vivo y con los “ojos al Cristo” porque si se descuida, en cualquier momento el zipe le puede robar a la mujer.

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May 20 2007

Los bultos o aparecidos

Uno de los espantos más temidos en Nicaragua es el bulto, o aparecido. Estos salen en las noches solitarias a los hombres trasnochadores que cruzan la ciudad o los caminos, apresurados por regresar a su casa. Dicen que los aparecidos son blancos, y que parecieran como una nube o una sombra rodeada de niebla.

He escuchado algunas versiones diferentes de lo que sucede a los hombres que se tropiezan con el temido bulto. Unos dicen que mueren de susto, otros dicen que quedan dundos o tontos. Enrique Peña Hernández en su libro Folklore de Nicaragua sugiere lo que el hombre “que viene preparado” debe hacer:

“El indio repuesto de la primera impresión, echa mano a su cutacha de cruz; y, si lleva prisa, avanza rápidamente y la pasa metiendo de punta en la cabeza inconsistente del muerto, incontinenti desaparece éste, como por ensalmo; y se oye el ruido de un mosquero alborotado.Si el tunante no lleva prisa, se acerca despacio al bulto acostado, le clava la cutacha en la cabeza y comienza de inmediato a rezar sus oraciones que, aunque las lleva en el bolsillo, se las sabe de memoria. A medida que va rezando, el bulto vaporoso va tomando consistencia y solidez, hasta quedar convertido en un ser humano hecho y derecho, varón, lleno de vida.”

Al hacerse esto, se dice que se efectuó la cogida del muerto. Sin embargo a los días este ex-muerto se va llenando de tristeza, hasta que finalmente muere de veras, y entonces se dice que murió de pena.

Por eso se sugiere a los tunantes que anden preparados en las noches. Tienen que llevar sus oraciones, y sus cutachas listas, porque si no son vivos, el muerto los puede dejar como jugados de cegua.

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May 20 2007

Los niños que no entraron al cielo

“Cuando tuve tres años comenzaron mis peligros: dormía en mi camita-tijera con mosquitero y, cuando me dejaban solo, llegaban los duendes. Tenía tres años y todo lo recuerdo. Salían de un rincón de mi cuarto. A veces salían de debajo de la cama y eran muuuuy amistosos. Me ponían en el centro, me hacían rueda y bailaban. No recuerdo sus voces o no hablaban, pero reían mucho y me invitaban para irme con ellos.

De haber querido irme, yo no sé si, como ellos, hubiera podido traspasar las paredes. Una vez me trajeron de regalo uno de sus camisoncitos. Era rojo. Cuando lo vio mi madre y me sometió a su acucioso interrogatorio, ‘¡Son los duendes!’ gritó. En todas las casas del vecindario se hizo un corre-corre y por la tarde llegó el padre Casiano, un pigmeo jesuita de la iglesia de Guadalupe que tiró agua bendita por todas partes y recitó algunos latines misteriosos. Yo no sé si fue por eso, pero los duendecitos, mis alegres amigos, no regresaron más. ¿De dónde vinieron los duendes? Decía mamá que son los niños inocentes que, antes de Cristo, murieron y no estaban bautizados. ¡No entraron en el cielo!”

Fragmento tomado “De cuando sentí que Dios se había muerto“, memorias y vivencias escritas por Julio César Sandoval/ El Nuevo Diario, 9 de julio de 2000.

Foto: Atardecer Violaceo, óleo sobre tela de Mauricio Rizo, pintor nacido en Jinotega, Nicaragua.

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