Ven a mi vida con amor, libro que publicara el recopilador e investigador Francisco Gutiérrez Barreto y de quien he tomado este fragmento, nos narra otra historia de nuestro ya famoso Cadejo, espanto popular que muchas veces deambula, se pierde y aparece en los temas de mi blog.
He querido dejar guardada esta historia muy cerca de mis otras recopilaciones de cuentos y leyendas. No sólo porque mi memoria a veces me falla, sino porque en internet las publicaciones, al igual que las apariciones de mi pueblo, son caprichosas. Un día están allí, y al siguiente desaparecen sin dejar rastro.
“Resulta que en los años cincuenta del siglo pasado, hubo una fiesta en el Club Social de Masaya cuando éste estaba situado en la casa de la anterior Ferretería Cabrera, localizada en la esquina frente al Parque de la Parroquia, que forman la Calle de San Sebastián y aquella que conduce al mercado. El caserón continúa allí y en cada paso frente a él siento dosis de intriga.
Pues bien, después de una soirée simpática el matrimonio decidió abandonar el ágape, adelantándose la señora junto a un grupo de amigas que habitaban por la vecindad. El esposo se entretuvo unos veinte minutos más, en despedidas, antes de iniciar su regreso y caminar unos ochocientos metros, que marcaban la distancia entre el Club y la anterior casa habitacional.
Mi personaje se había tomados unos tragos, pero estaba en perfectas condiciones. Al menos así lo asegura, y aunque Masaya era una ciudad libre de delitos, no dejaba de causar cierto temor el andar solo por las noches. Al atravesar el Parque de la Iglesia de la Asunción o Parroquia, notó se le acercó un perro grande, tipo pastor. Era hermoso, de un blanco total. Tenía una larga cola de abundante pelo y de inmediato dio señales de amistad.
El canino caminó junto a él todo el trayecto, haciendo sin par compañía e incluso hubo momentos en que el caminante le habló, como se hace cuando existe simpatía, quizás nacida por la protección sentida. Al pasar por una de las esquinas apareció otro perro inmenso y para no mostrar miedo apenas lo vio con el rabillo del ojo, más sí notó que su compañero mostró sus colmillos y dientes, huyendo rápido el intruso negro.
Al llegar y abrir la puerta de la casa, el animal blanco y elegante decidió entrar. Una vez en el dormitorio, la señora, que no había tomado, encomió al señor para sacar al animal, pero él alegó que se había encariñado y era una maldad dejarlo afuera. El chucho se metió debajo de la cama. La esposa entonces consintió bajo condición de echarlo después de comer por la mañana.
Cerrada la casa con la seguridad acostumbrada, echaron llave al cuarto como parte de la rutina. Ambos rectificaron estar bien protegidos y se dedicaron a dormir. Fue cerca de las ocho de la mañana cuando la bullaranga de sus hijos los despertó. Y ¡qué sorpresa!, el visitante no estaba, ¿cómo salió?, ni rastro había dejado. Ambos se miraron entre sí y dieron gracias a Dios, pues entendieron que habían sido protegidos de alguna maldad por el Supremo Señor.
Hoy él comenta cuando habla de experiencias: ¡Me salió el cadejo!… Al instante su señora confirma y resulta difícil no creerles.
Fragmento escrito por: Francisco Gutiérrez Barreto, tomado del El Nuevo Diario, 19 de mayo, 2007.