Mar 05 2010

Voy Bien, Voy Mal

Este dicho se origina por los años 30, cuando Nicaragua, y principalmente Rivas exportaba ganado en pie a Costa Rica, que padecía gran escasez, y para remediar esta situación, el Presidente de Costa Rica, don Ricardo Jiménez Oreamuno, egresado de la Universidad Media Meridional de la ciudad de Rivas, publica el decreto siguiente: «Por cada vaca, el Gobierno pagaría, además del valor real, un premio de 40 dólares» con esto el Gobierno pretendía formar su hato ganadero, para no padecer en el futuro de este problema. Rivas, gran productor de ganado, comienza a exportar reses, y solo el hacendado don Juan de Dios Pastora, puso en Costa Rica 30,000 vientres, además llevaban reses Los Maliaños, Barrios, Urcuyos, Talavera, Sacasa, etc, con la cantidad de reses que Rivas exportó, se formó prácticamente el hato ganadero de Costa Rica.

El ganado era llevado a Alajuela, que era el principal mercado y los ganaderos fuertes de Rivas, tenían agentes en esa cuidad para que comercializaran el ganado, las ganancias por venta era del 3%.

En una ocasión, don Constantino Urcuyo envía una buena manada de reses con destino a Alajuela, recomendándole encarecida-mente al arreador del ganado, que lo cuide como a su vida, y que al llegar a Bebederos (pueblo intermedio en el trayecto), le haga llegar un telegrama, avisándole como le va en el viaje, pero que el telegrama fuera lo más corto para economizar, pues don Constantino era extremadamente metódico.

El Ganado sale de Rivas, en una madrugada y a los 6 días estaban en Bebederos. El arriero, hombre diligente y fiel servidor, lo primero que hace al llegar al caserío es dirigirse al telégrafo para cumplir con el encargo, el telegrama es recibido en Rivas al término de la distancia y don Constantino al leerlo se sorprende y se rasca la cabeza, porque al mentado telegrama, no le entendía nada, fue tan corto que en realidad estaba confuso, el telegrama decía: «Voy Bien, Voy Mal». Don Tino, preocupado consultaba con su esposa que significaría eso de: «Voy Mal», consultaba también a los amigos y cada uno de ellos opinaba diferente y don Tino , más preocupado, hasta llegar al extremo de no dormir teniendo a la pobre esposa al borde de la locura, hasta que se aparecen en Rivas los arrieros y don Tino pide que le expliquen eso del telegrama, porque no entendían nada y suficientes de preocupaciones todo este tiempo del arreo.

El Mozo del arreo explica; -Mire patrón, eso es bien sencillo, el telegrama lo puse corto, porque usted me dijo que fuera económico y cuando le digo «Voy Bien» era porque el ganado iba completo, iba bien, y le pongo «Voy Mal», porque llevaba una diarrhea incontenible.

Cuento extraído de la obra «Relatos y Cuentos y Leyendas de Rivas», compilación de testimonios y relatos orales de su autor Jaime Marenco Monterrey, auténtico y apasionado de la región rivense. Especial para La Estrella de Nicaragua.

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Mar 02 2010

Los duendes que no emigraron

Escrito por Martha Isabel Arana

Un poco desorientada por los ojitos curiosos de los sobrinos ya grandes y los nuevos vecinos que llenaban de alegría las calles de su antiguo barrio, buscaba consuelo en los recuerdos del último día que estuvo en su tierra, añales atrás.   La mañana aquella bonita y fresca que quedó para siempre grabada en su corazón.  El día aquel que salió con una maletita vieja y una caja de encargos olorosa a quesos  y pinolillo para los parientes lejanos que le habían enseñado a querer pero que jamás había visto. Recordaba la inocencia con que marchó al norte, pensando que en los Estados Unidos no habría cafe, ni frutas, ni panes porque la gente que regresaba no paraba de decir que extrañaba mucho las rosquillas, los jocotes y el cafecito del norte.

Volvía ahora con un corazón cambiado, con los ojos llenos de mundo y con nuevas experiencias limpiamente organizadas en su maleta nueva.  Ahora sabía de computadoras, preparaba año con año sus taxes, leía el periódico on-line y hasta entendía un poco la causa de la caída precipitosa del stock market porque había comentado los eventos en los message boards.  Ya no creía en supersticiones, ni en caminos embrujados poblados de duendes con pies volteados y cotonas coloradas.  Contenía la risa recordando que cuando salió del pueblo se fue preocupada pensando que los duendes se irían con ella, hostigándola, tirándole piedritas y llamándola por su nombre como hacían los chavalos enamorados con las muchachas bonitas.  Despues de todo ¿quién no sabía que el famoso duende de Yalagüina, el que cargaba de flores y le tocaba guitarra a la Juanita Vindell, había emigrado para Honduras? ¿o de los duendes bandidos de Cuapa que se fueron detrás de la mamá de la Florita para ayudarle a cargar la vacinilla en la mudanza? Pero no.  Estos duendes fueron menos aventureros y no se fueron con ella para ningún lado. Jamás los vio en los Estados Unidos, ni siquiera en los barrios de Miami o San Francisco donde abundan los nicas y huele a nacatamales gringos.

Sus creencias fueron tomando un nuevo matiz y aprendieron a hablar un nuevo idioma. Su vocabulario cambio de ceguas, duendes y mocuanas a Weeping ladies, Bloody Mary (con sumo cuidado de no repertir el nombre tres veces frente al espejo en un baño oscuro), leprechaun y haunted houses.  La contaminación eléctrica de su nueva vida contribuyó a que  olvidara con el tiempo  las leyendas de su tierra  donde la superstición era el hábitat natural de los espantos del pueblo y sus extravagantes cuentos de camino.   Se levantó de la mecedora y se lanzó a la noche a recorrer el viejo camino de tierra sin temores ni remordimientos.  No se percató que detrás de un árbol de chilamate, calladitos y sin prisa estaban espiándola otra vez los mismos duendecitos de sus temores de antes.  Allí estaban, con sus piedritas en la mano, afinando sus vocecitas para cantarle historias de amor.  Tan cerquita a ella como su propia sombra, listos para susurrarle que seguían fieles al pueblo y al regreso de ella.  Ansiosos de decirle que la tierra al igual que sus espantos jamás olvida al que emigra.   Allí estaban esperando volver a verla, haciendo alboroto detrás de los ventanales del aeropuerto, esperando ver que les llevaba, listos a que cruzara el umbral mágico de Nicaragua para ayudarle a cargar su maleta.

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Mar 01 2010

Extraños sucesos en la casa del Coronel Arrechavala

La Ciudad de León Santiago de los Caballeros, es cuna de una de las leyendas más populares que por décadas ha coqueteado con la fina línea entre la imaginación y la realidad de algunos leoneses quienes en las noches oscuras y calurosas, aún aseguran escuchar los cascos del fantasmal caballo del Coronel Arrechavala.

El español Joaquín Arrechavala había venido a Nicaragua como enviado del Rey de España, Carlos II de Borbón. En 1791 fue ascendido a Coronel, y cuando murió en 1823 se rumora que lo acompañó a la tumba la inquietud de andar penando en León, sin poder descansar en paz, hasta que su riqueza hubiera sido distribuida de alguna manera. Son muchos nicas los que aseguran que efectivamente, sus abuelos, sus padres o incluso ellos mismos han sido testigos de las andanzas del coronel y los hechos misteriosos que ocurren en la que fuera su casa.

Me contaba una señora leonesa lo que sus abuelos vivieron en carne propia: “Este cuento fue real, sucedió en el siglo pasado en la casa solariega de Arrechavala. Después de su muerte, la casa quedó abandonada y varios inquilinos la habían habitado. Muchos de ellos la desocupaban a los pocos días, ya que se decía que estaba embrujada. Me contaban mis abuelos, que ellos estaban muy jóvenes y a pesar de que se decía que en esa casa asustaban, ellos insistieron en alquilarla ya que no tenían miedo a tantos cuentos. Después de algún tiempo, por las noches se escuchaban ruidos muy fuertes de cascos o pisadas de caballo dentro del patio. Ellos dormían con un candil porque no había luz en ese tiempo en la ciudad. Una noche con gran asombro, vieron que el candil se levantaba y caminaba en el aire como si alguien lo sostuviera en sus manos. Por supuesto salieron corriendo de esa casa.”

“Yo también escuché los mismos ruidos de cascos de caballo entrando a su casa por las noches” asegura doña Paula, quien en la década de los cincuenta vivió con sus padres en una casa alquilada contiguo a la propiedad del coronel. “Ya había luz eléctrica pero sólo por ciertas horas. En el cuarto donde yo dormía con mis hermanitas, se sentía el piso del cuarto muy flojo, como si algo hueco había por dentro. Insistíamos con mi papá que descubriéramos el piso por si encontrábamos algo enterrado allí. Mi papá nunca quiso hacerlo, por temor a tantos cuentos que se decían de Arrechavala, que había sido tan poderoso y que tenía mucho dinero. Todos esos terrenos alrededor de su casa habían sido de él y las botijas abundaban en todas esas cuadras de León, específicamente de la zona del Colegio La Asunción, 3 cuadras al sur.”

Doña Paula cuenta que fue una lástima que ellos estuvieran tan pequeños, sino hubieran convencido a sus padres en buscar tesoros escondidos en esa casa, ya que muchos de los vecinos encontraron años más tarde monedas grandes de oro en recipientes de barro. Esas personas después de haber sido tan pobres, se volvieron grandes empresarios y terratenientes de la ciudad de León.

(Versión tomada directamente de una señora leonesa y recogida por Martha Isabel Arana)

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Primera versión de Arrechavala:

La primera versión escrita de la leyenda de Arrechavala data de 1956 y se encuentra en la obra de Andrés Vega Bolaños, embajador de Nicaragua en España, titulada Historia de Nicaragua. Según Salomón Somarriba, tataranieto de Joaquín Arrechavala, la leyenda fue inventada por los contrabandistas hondureños de tabaco para facilitar la introducción de sus mercancías en la ciudad durante la prohibición del tabaco. Otra de los supuestos en los que se basa la leyenda es que Joaquín Arrechavala solía pasear por la noches montado en su caballo en guardia en previsión de revueltas que fueron comunes en esa época de transición de la historia de Nicaragua. En esas guardias solía espantar a los ciudadanos que encontraba a su paso y estos, al oir el trotar del caballo huían de su encuentro – Wikipedia


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Jan 27 2010

Judas, el ahorcado del peñasco

Hace muchos años en el camino viejo que va de La Concha a Masaya venían unos músicos de tocar en la procesión del Santo Entierro, un Viernes Santo; se dirigían en carreta a medianoche y al pasar por un peñasco grande que estaba en el camino divisaron un hombre colgado de un árbol con la vestimenta del tiempo de los romanos y judíos, y les llamó mucho la atención que el hombre forcejaba con su cuerpo, se meneaba y se quejaba colgado del cuello como si se estuviera ahorcando; decidieron ir a salvarlo y cuando subieron al gran peñasco el hombre y el árbol ya no estaban ahí, exclamando todos con miedo ese hombre que vimos colgando era Judas, el que vendió a Jesús.

Fragmento tomado de Anécdotas de Semana Santa en Masaya, escrito por Bayardo Ortiz Pérez, maestro folclorólogo/END

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Jan 25 2010

El venado de la Laguna de Masaya

Dicen los viejitos pescadores que viven en los aledaños a la laguna de Masaya que el Viernes Santo sale, a la orilla de la costa de la laguna, el diablo convertido en un gran venado con grandes cachos y echando fuego por los ojos. Contaba don Juan Galán que cuando andaba en su balsa pescando en la laguna a eso de las dos de la mañana, vio un venado grande con los ojos vidriosos en la costa de la laguna, preparó su arma y le hizo dos disparos, lo vio caer y llegó al lugar donde había caído el animal y no había rastros del mismo.

De nuevo don Galán se adentró en la laguna, al rato de estar ahí vio de nuevo al venado, esta vez más grande, como del tamaño de un buey; preparó nuevamente su rifle y le disparó dos balazos y lo vio caer, pero esta vez se acercó con mucho miedo, rezó y se encomendó a Dios, llegó donde había caído el animal y su sorpresa fue grande pues no había rastro del tal venado. Perdió el conocimiento y unos pescadores lo encontraron en su balsa en medio de la laguna, posteriormente exclamaba don Juan ¡Es el diablo el que me salió!, ¡Es el diablo el que sale ¡ahí!

Fragmento tomado de Anécdotas de Semana Santa en Masaya/ Artículo escrito por Bayardo Ortiz Pérez, profesor folclorólogo/END.

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